LO QUE NOS DEJÓ BRASIL

De la capital paulista, de la babilonia, de la ciudad considerada la New York brasilera, a pueblos desconocidos, mágicos, místicos. Del asfalto caluroso y los altos edificios, a la tierra y casas de barro. Del árbol solitario en medio de la ciudad, a la naturaleza en todo su esplendor. De personas agotadas y serias, a personas tranquilas y alegres. Del metro, a la kombi y la bici. Nuestro conocimiento de Brasil cambió drásticamente cuando partimos desde San Paulo, aquella gran metrópolis que responde a estructuras occidentales de un sistema globalizado, con una identidad socavada por el consumo y los deseos materiales y terrenales. Pero ese era el Brasil místico, espiritual, alegre, eufórico y caliente del que nos habían contado? No. Eso lo aprenderíamos casi un año después cuando decidimos viajar por América en Kombi!!

Aprendimos y conocimos con nuestra propia experiencia, adentrándonos a cada pueblito que existe, un concepto errado de que una favela debe estar situada en un cerro de Río de Janeiro para ser merecedora de esta distinción. La realidad es que cualquier barrio degradado por el caos constructivo, con construcciones de ladrillos inacabadas o sin techo,  independientemente de su situación geográfica, ya es una favela.

En Brasil, se hace vida en la calle. Personas frente a sus hogares, conversando, comiendo, tomando cervezas o cachaça, pues el calor de la siesta dentro de hogares sin aire acondicionado hace que la vida siga su curso en veredas angostas. Pieles negruzcas se asoman en cada esquina y delatan las raíces esclavistas y de sufrimiento, y aunque parezca mentira aún persiste la resistencia a la inclusión de los negros en la sociedad brasilera después de la abolición, a pesar de una identidad escrita por la presencia de la población negro-africana y afro-brasilera. Se intenta desarraigar una mirada de inferioridad para transformarla en una historia de igualdad, de pertenecimiento, de prestigio y de respeto, pero no se consigue. ¿Será que algún día se comprenderá la importancia de la identidad y las raíces para forjar una nación unida ante la diversidad?

Brasil lo tiene todo, un país con oro por debajo de un suelo que produce lo que plantes. Manjares como coco, banana, mango, papaya, carambolas, etc. golpean bien fuerte en tu cabeza si no prestas atención. Agua dulce de ríos, cascadas, lagos conviven con una naturaleza todavía y afortunadamente desconocida. Agua salada de mares y océanos bañan las costas de ciudades que reciben miles de turistas extranjeros principalmente. Pero allí la cuestión es otra. La infraestructura responde al estilo norteamericano u europeo y no a aquel caos brasilero. El lujo y lo material se hacen presentes por estos lugares multitudinarios y turísticos, en un país donde su gente proclama un desinterés y desapego por cosas terrenales. Las cadenas hoteleras y franquicias alimenticias al estilo mc Donald, con colores brillantes, atractivos y estandarizados solo se encuentran por aquellos sectores, pues no responden a hábitos alimenticios brasileros, por cierto muchos mas saludables, regidos por arroz, feijão, farofa, verdura y fruta recolectada de plantas encontradas en patios traseros.

Salir de rutas turísticas para vivir y encontrar la identidad del pueblo. Tuvimos que desviar nuestro camino y dejar atrás playas paradisíacas y el caribe brasileño, no sin cierto desánimo e incertidumbre, para trazar un camino marcado por consejos de nativos y habitantes del lugar, y una que otra vez, algún viajero perdido y dando vueltas por ahí. Esta situación nos llevó a tener una visión mucho más amplia y más rica de Brasil. Comprendiendo contrastes arraigados que se mueven de la corrupción, droga, sumisión, violencia a una fe y una espiritualidad que explica y legitima sus actos.

…Brasil, cuna de la diversidad y en esa diversidad hemos encontrado la riqueza…

 

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