InBOLIVIA, DIARIO DE VIAJE

UN NUEVO AÑO Y UN VIAJE SAGRADO

El frío de Bolivia nos acobardó un poco. Ya la necesidad de comenzar a salir de Bolivia se torna un hecho. La falta de ciertas comodidades como ducha de agua caliente sin tener que contar los minutos o quedarse sin shampoo en la cabeza o las negativas de que no hay más agua en el pueblo, lavar ropa sin que el agua te cale los huesos, poder estar fuera de la kombi después de las 19 horas, no tener que ponerse más de 1 capa sobre la piel, levantarnos sin escarchas en la cabeza; apuró nuestra llegada a Copacabana. A tan solo 10 kilómetros de la frontera con Perú, nos damos cuenta que ésta no era la Bolivia que habíamos recorrido en 2 oportunidades diferentes, sumando unos 45 días en total. Atrás quedaron los mercados donde el chicharrón de chancho en bolsita te deja la mano como si acabaras de pelar un chorizo en grasa o donde las patas de gallina o los fetos de llama están colgados esperando al próximo comprador. Atrás quedaron los mercados atiborrados de gente y de olores viciados por no decir nauseabundos. Atrás quedó la vida que ronda alrededor de estos mercados. Hay algún que otro mercadito, pero exhibidos para el turista que en su afán por conocer Bolivia y querer tragarlo todo de una vez se convence de que vivió y conoció una cultura de otro planeta. En esta ciudad, a orillas del Lago Titicaca, los bares y restaurantes con mesa, silla y platos ya se asoman (vale la aclaración que en lugares no turístico el plato se convierte en bolsita y la silla y mesa en el cordón de la vereda). Quienes los atienden, extranjeros deseosos por prolongar su viaje, y que luego de 1 mes de haber salido de casa quieren que se haga eterno, sino es que quieren vivir la vida de viaje. Carteles indican e invitan al viajero con un simple “Hay wi-fi”, sin avisar que se paga aparte o que es exageradamente lento. La cuestión es que ya se lucen publicidades al estilo capitalista, en el que tomás un café o una cerveza solo si podés actualizar las redes sociales.

 

…Lagro Sagrado, Lago Titicaca, Lago más alto navegable del mundo a unos 3.800 mts… Y su asentamiento Copacabana…

 

Perdida entre montones de pieles blancas, se ve una cholita con su guagua a sus espaldas y con celulares en sus manos. Del indescifrable quechua o aymara en las calles, al entendible inglés, portugués o francés. Los pantalones sustituyeron a las polleras, los anteojos y sombreros al estilo panameño a los gorros de lana de llama, y las zapatillas Salomon reemplazaron las medias de lana y las sandalias de cuero. Los menús y almuerzos duplicaron su valor y vienen con postre: banana, yogurth o granola al estilo occidental. Existen los menús vegetarianos violando la primera costumbre boliviana: las 4 comidas tienen carne (así es, de desayuno y merienda también).

Pero hay algún que otro resabio de esta cultura milenaria, aquí a orillas del Lago Sagrado, donde se alojaron las civilizaciones preincaicas más importantes de Bolivia. Un ejemplo es “El Año Nuevo Aymara”.

3 a.m. suena el despertador. La tapa del hervidor comienza a tintinear avisándonos que el agua pal mate está lista. Partimos a la peregrinación. Un cerro por subir. Un amanecer por esperar. Una celebración por descubrir. Una cultura milenaria que se nos revelará. Un viaje sagrado. Un nuevo año comenzará. El año 5.525 Aymara.

Al llegar a la cima de la Horca del Inca, a 3.900 mts. de altura, y sin oxígeno, sacamos nuestro calentadorcito hecho con una lata de coca-cola tirada, y calentamos más agua para unos nuevos mates que nos acompañarían en esta espera y nos ayudarían a pasar el frío… No había casi nadie… Y menos locales… Pero los carteles del pueblo así lo indicaban. Ése era el lugar para la celebración. Así que esperamos un poco más.

Comenzaron a llegar cuando nuestros dientes castañeteaban y nuestros pies dolían a pesar de los 2 pares de lana. En un centro, armado con palos secos a modo de altar, los Aymarenses iban depositando sus ofrendas, anterior bendición del chamán que con sus rezos abría la ceremonia. Hojas de coca, fetos de llama, mazamorra, maíz, quínoa, eran rociados con alcohol potable, luego de la persona beber un trago. Al ritmo de cánticos e instrumentos andinos, uno por uno iban acercándose a realizar este acto sagrado. Ofrendas al Inti (Sol) y a la Pachamama (Madre Tierra) agradeciendo este año que pasó e invocando la fertilidad de la tierra, asegurando prosperidad y reproducción de la vida, en este nuevo comienzo de año que se avecinaba.

Cada 21 de junio, con el solsticio de invierno, comienza el ciclo de una nueva era agrícola para esta cultura andina, recibiéndolos con una colorida ceremonia indígena que recuerda un pasado lleno de esplendor.

Minutos antes de la salida del sol, todos se preparan con las manos dirigidas a este astro amarillo esperando para recibir sus energías y sentir el cambio de este nuevo año. Con el brillo de los primeros rayos de sol se enciende el altar y la hoguera comienza a arder. Las lágrimas de emoción aparecen. Rostros conmocionados. Abrazos de Año Nuevo. No hay reloj. No hay una hora exacta para recibirlo. Es la Naturaleza. Es la sabiduría superior. Es lo sagrado. Son los primeros rayos de Sol los que indican que un nuevo año ha comenzado.

Comenzaron a danzar alrededor de la fogata en un círculo que parecía poseído y perfecto. Decenas de hojas de coca eran arrogadas al fuego. Planta milenaria y sagrada. Hombres y mujeres, chamanes y guías, con su bola de coca en la boca van entrando en una especie de alucinación, elevándose a una consciencia espiritual muy distante de lo terrenal.

 

…Salida del Sol, un fuego que arde a cada ofrenda que se le presenta y una bandera que puja por la plurinacionalidad…

 

La adoración a aquello que le permite vivir y sustentarse se convierte en el Padre Nuestro de cada día. Las enseñanzas vía oral y práctica, la equidad entre el hombre y la naturaleza, son el mayor legado de estas comunidades aymarenses.

¿Hemos evolucionado al respecto? Mi pregunta ronda en mi cabeza mientras continúo observando un film del que soy espectadora. Cuán lejos estamos del cuidado de lo sagrado, cuán apretados estamos por las agujas del reloj y cuánta falta de conocimiento sobre nuestra querida Pachamama y todo lo que surge de ella.

Ni la ronda ni el fuego cesan. Ni los cánticos, ni los rezos, ni los bailes, ni las ofrendas. Más hojas de coca volando. Mas alcohol que encendía un fuego hipnotizador. Un caracol como instrumento de aire, invocando a los dioses. Un siku, una guitarra, una ocarina, una quena y otros elementos ceremoniales lo acompañaban. Una bandera Wepsala era agitada vivamente revelando un Estado Plurinacional, mostrando una cultura viva, mientras todos gritaban a viva voz “Aiaia!!”

Mientras el sol se elevaba el trance se hacía más poderoso. En la cima de esta montaña, fuimos invitados a pasar a un observatorio, donde los rayos de sol se proyectaban por unos segundos sobre 2 muros de piedra, solo los 21 de junio de cada año y solo en ese lugar, indicando el comienzo del Año Nuevo Aymara. Una cultura que sabe de saqueos y arrebatos y aun así siente orgullo de sus raíces e intenta perpetuar su legado. Una identidad que no fue socavada. Nuevos abrazos. Nuevas lágrimas. Un calendario regido por la naturaleza, preciso y sagrado. Y así un nuevo año Aymara comenzaría. Un viaje sagrado. Para nosotros también.

 

Momento Sagrado, momento de recibir el poder del Sol… La salida de sus primeros rayos marca el inicio del Año 5.525 Aymara

 

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2 Comments

  • amelia barotto

    Q hermoso lugar y q emocionante celebración!!!! me hace acordar a la celebración de semana santa en Iruya …te acordás? estremecedor …para nosotros casi increíble e encomprensible

    julio 8, 2017 at 3:15 pm Reply
    • mariabelen

      Cómo olvidarlo!! Siempre presente cada viaje y experiencia en familia!! Llevo en el ADN la felicidad que provoca conocer y aprender!

      julio 17, 2017 at 2:28 pm Reply

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