InDIARIO DE VIAJE, ECUADOR

ECUADOR BAJO CERO!!

No hemos llegado a Alaska aún. Este relato mis queridos lectores, es de Ecuador. Y aunque los libros hablen de un Ecuador de 40°, de playas, sombrillas y trajes de baños, también hay un Ecuador a tan solo 3 horas del calor, a temperaturas bajo cero, con gorros de lana, polainas y sacos de alpaca.

– ¿Has filmado? ¿Has sacado fotos? ¿Puedo verlas? -. Le pregunto ansiosamente a Lucho, pensando en los días intensos que acababan de pasar. Pero nada grabaría ni retrataría esos colores, esos lugares, ese frío penetrante, esos atardeceres oscuros de luna creciente donde el frío era por dentro y no había refugio, ni Blanquita, ni nada para contrarrestar esos vientos que parecían estar vivos, ni para el tiempo muerto donde lo mejor era acostarse a dormir.

 

El cráter del volcán Quilotoa alberga esta Laguna azul!

 

Comienza la expedición de lugares a temperaturas extremas en la Laguna Quilotoa, a unos 180 kilómetros al sur de Quito, la capital de Ecuador, destacada por ser una de las 15 lagunas de origen volcánico más lindas del mundo, pero lo que no nos contaron era que la mayoría de las personas va en un relámpago tour, toma su foto, va a un restaurante a comer Cuy Asado, plato típico de la región andina que parece un ratón ensartado en un palo, y se va. Nadie queda por la noche bajo ese frío glacial.

La laguna tiene dos caminatas para hacer. Una por arriba de 4 kilómetros, rodeando el cráter, y la otra de 15 minutos descendiendo y 1 hs subiendo, y les juro que no estoy exagerando que lleva más del triple del tiempo subir que bajar, subimos al estilo tarzán, ayudándonos con los brazos para no derrapar, parando con la excusa de ver el paisaje y con la lengua afuera. El mejor negocio ahí es el que tiene mulas y caballos para alquilar. Alguien vio esa empinada y larga subida, sabía de antemano que dejaría sin pulmón a cualquiera, y asentó el negocio. Y nadie, pero nadie regresa caminando. No hemos visto a ninguno. Salvo los locales que bajaban corriendo al lado de sus mulas gritándote “Taxi” y subían como si nada, al ritmo de ellas cargando turistas, quienes gozaban de su condición de Rey. U$d 10 la subida cada uno! Tantos días viviríamos con esa fortuna a base de la dieta de verdes y maduros que desde que entramos a Ecuador nos permitió ahorrar para recorrer este país redondo, que ni lo dudamos. Al unísono dijimos no, gracias.

 

Ella baja y sube caminando unas 10 veces al día usando su caballo como “Taxi”. Él aprovecha este servicio para poder llegar a la cima.

 

Eran las 14 p.m. y decidimos hacer la caminata más corta, bajar hasta la laguna y almorzar allí unos pancitos con paltas del tamaño de 2 melones. Al abrir la mochila, comenzamos a sacar el plato, el cuchillo, el tenedor, la sal, los panes… Y las paltas?? Pueden creer que nos olvidamos el manjar principal? El banquete insípido e incoloro de pan con pan no sería lo mismo. La exhausta subida, la coronaríamos con algo que valga la pena y que nos caliente. Dejamos de lado las frías paltas para regalarnos un Canelazo con aguardiente, un deleite de la región, de aguas aromáticas con alcohol, dulce como la miel, que se toma como agua, pero cuando uno intenta ponerse de pie, golpea como mazazo en la nuca. La taza era del tamaño familiar y las cosas empezaron a girar, y claro, eran las 6 de la tarde y aún faltaba el almuerzo, así que inmediatamente nos encerramos en la Kombi para hacernos unos panqueques con dulce de leche y un chocolate caliente. Y no pudimos salir más.

 

Con bastante hambre, decepcionados de habernos olvidado la comida y pensando que aún faltaba la subida!!

 

La noche cayó y el viento empezó a dar saltos mortales que sacudían a la kombi como haciéndola estornudar, bamboleándola de un lado al otro. Como consecuencia ninguno de los 2 durmió, no sólo por el frío que se colaba entre las hendijas y los chifletes que silbaban tal cual película de terror, sino por nuestras mentes imaginando cosas estrafalarias como salir volando con Blanquita y ya nunca más regresar a esta tierra (en realidad creo que era solo mi mente novelesca). Los 3.800 m.s.n.m. hacían lo suyo con la falta de oxígeno: agitación, taquicardia, dolores de cabeza y falta de sueño, producto de no haber tenido aclimatación alguna. Pasamos de la altitud cero en la costa, a la montaña de un día para el otro.

La emoción de hacer el trekking de 4 kms. alrededor del cráter, desapareció inmediatamente al levantarnos. Mal dormidos, cansados y con frío decidimos continuar la ruta de los volcanes y partir al Parque Nacional Cotopaxi, a unos 80 kilómetros al noroeste y que alberga uno de los volcanes activos más altos del mundo, con la ilusión de no pasar tanto frío.

 

Rutas desoladas y parajes hermosos frente al Volcán Cotopaxi! Se imaginan lo emponchados que íbamos adentro de Blanquita sin calefacción?

 

Llegamos a un refugio donde no se permitía acampar, pero estaba preparado para visitantes de paso, con un restaurante, toiletes y un quincho. Mientras Lucho dormitaba en Blanquita con su cabeza al borde de estallar, inspecciono la zona en busca de enchufes, agua, canilla o duchas, en medio de una ola de turistas que miraban a esta extraña que observaba y buscaba algo entre las paredes y entraba y salía de los baños, hasta que uno se acercó y me preguntó ¿tú estás en la kombi? Parece que el sello de quien anda en una Kombi es tener algún signo de rareza. Inmediatamente me acercaron 2 vasos de piña colada y 2 sándwiches de longaniza, con los que regreso a la Kombi para mezclarlo con un arroz hecho puré que sabía a la nada misma. Al regresar para agradecerles la comida que le dieron color y sabor a nuestro menú de siempre, sólo quedaban rastros y un fuego que aún calentaba en ese frío descomunal. Lucho insistía con bañarse o darse un baño turco así que pensamos usar ese fuego para calentar agua. Yo no sabía qué hacer, hasta que mi curiosidad de ver qué se siente darse un baño de olla, con agua alimentada por la nieve derretida en alguna cumbre, me llevó a sacarme las prendas y sentir que el frío se me clavaba como mil agujas. El cuerpo desnudo me tiritaba completo, los dientes me castañeteaban, mis piernas bailaban sin ritmo y saltaban de un pie descalzo a otro, con una mano me tiraba esa agua hirviendo de la olla y con la otra me refregaba acaloradamente dando pequeños gritos de espanto, como si esos movimientos junto a las largas exhalaciones que salían de mi boca como soplidos, ayudaran a calentarme de alguna manera. Y fue allí que descubrí con horror lo que era bañarse a casi 4.000 m.s.n.m.

Se nos ocurrió cargar algunas piedras calientes de ese fuego que aún conservaba calor, en la olla multiusos (la misma olla para hervir fideos, hacer verduras salteadas y arroz con leche, darnos baños turcos y servir de estufa con piedras), para ver si calentaba un poco el interior de la kombi, y fue así que descubrimos esta rudimentaria forma de calentar. Al ver que funcionaba corrimos en busca de leña para hacer fuego y tener las reservas nocturnas, pero las ramas secas no aparecían, solo unas ramas verdes y pasto puna que una vez que ardían, la pequeña llama desaparecía al instante.

 

La pequeña fogata que nunca encendió. Todo verde y húmedo.

 

En ese momento se escuchan ruidos de motores a toda marcha. No conté cuántas camionetas cuadradas rojas, negras y blancas de un club de 4×4, más parecidas a un sacapuntas que a un modelo todoterreno, se acercan al lugar, dan vueltas en círculo a modo de exhibición y se ubican en ronda. Venían de Quito, equipado hasta los dientes y supieron disfrutar del viento monstruoso que les impidió armar las carpas, los obligó a agruparse y dormir sentados en los asientos delanteros. Parecía que se quedarían semanas enteras porque traían más bártulos en el techo que un carromato gitano: leña seca, carpas, lonas, bidones, tupper tamaño XXL repleto de verdes y maduro, bancos y mesas. Permanecieron hasta altas horas de la noche, o tal vez me equivoco y nunca fueron a dormir, pasando un trago de mano en mano con la vista prendida al fuego, pescados envueltos en papel aluminio y verdes ensartados en un pinche. Pero fueron estos personajes quienes nos calentaron más piedras en su fuego de leña seca. El olor a humo y cenizas que Blanquita cargaba en su interior, era el mismo de nuestra infancia en el campo frente a la estufa a leña, y recordamos a nuestros abuelos diciéndonos que nos haríamos pis en la cama si seguíamos como hipnotizados tirando papelitos al fuego. Esta vez las sábanas al finalizar la noche no sufrieron de humedad alguna, pero terminaron tan ahumadas que parecían haber presenciado un buen asado.

De las pocas provisiones que habíamos llevado elegimos la quinoa (sin saber cómo se usa) y una zanahoria. Queríamos innovar, y como nuestra historia culinaria deja mucho que desear, hacer una sopa de quinoa fue tarea de deducción. Supusimos que debíamos sumergir la semillita en agua hasta que su aspecto cambie y listo. Un caldito y una zanahoria para darle color y sabor salado. Sin queso, sin huevo, ni otro ingrediente. No había nada más. Y aunque no parezca muy atractivo el plato, mal no sabía, o al menos el cuerpo calentó. Para finalizar los preparativos dentro de Blanquita en vísperas de una noche bajo cero, cambiamos la cabecera de la cama, que normalmente topa con la puerta trasera, pero en momentos como estos suele mojarse y enfriarse hasta congelarnos el cerebro, hacia el centro de la Kombi. Debajo colocamos las nuevas piedras que nuestros vecinos calentaron y quedaron rojas como un tomate, al punto de ampollar a cualquier curioso que quiera saber qué hacen unas piedras dentro de una olla, que dislocaría el hombro caso quisieran probar si las piedras son de telgopor o verdaderas. Como resultado, una noche que hasta pasamos un poco de calor, nos quitamos una de las frazadas y amanecimos sin medias ni pantalones del piyama.

 

El lugar de acampe con pinos de reparo. La cortina de montañas de fondo aún no se dejaban ver.

 

Amanecimos con una neblina blanca que no nos dejaba ver más allá de 3 metros. Pero la montaña tiene eso, debes permanecer y tener el tiempo suficiente para ver los cambios que de un momento para otro transforman un lugar con sol en uno con tormenta de nieve. Los vecinos temprano habían levantado campamento a diferencia de nosotros, que sin ningún interés de apurar los planes, permanecimos ante un volcán que se despejaba, aunque su fama es estar cubierto siempre de nubes, y animales salvajes que se acercaban rastreando descuidos humanos sin la presencia de ellos, como un zorro que se arrimaba sin intimidarse por la presencia de Blanquita ni la nuestra, y se dejaba fotografiar sin pudor.

 

Aquí en el Ecuador todos los Parques Nacionales son con entrada gratuita y súper bien cuidados! 

 

Llegamos a la conclusión que los lugares más remotos y desérticos, con paisajes de película, seguros en la noche sin personas que puedan adueñarse de lo ajeno, donde no existe presencia alguna de civilización, ni descoloridas fábricas, ni humo negro, ni caras largas y estresadas, y donde solo se escucha naturaleza y se respira paz, son de un frío que te penetra hasta los huesos (y los ladrones tendrían que tener mucha fuerza de voluntad para atacarte en plena noche helada). Y que, imaginarte que puedes levantarte al amanecer, tomar tu café y leer un libro afuera, frente a la montaña o al lago, es solo de película. La realidad es que queremos quedarnos adentro, calentitos en la panza de Blanquita, tapados hasta las orejas, desde las 5 de la tarde hasta el otro día a las 10 de la mañana donde el sol ya calienta un poco. Lugares que nos hacen pensar y reflexionar hasta lo más íntimo de nuestra existencia, y que luego de varios días, por más románticos que parezcan estos sitios, necesitamos no pensar más y encontrar lugares un poco más candentes…

 

Con paciencia y perseverancia el sombrerito de nubes del Volcán Cotopaxi se deshacía y nos regalaba esta postal.

 

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