VIAJE CON ELEGANCIA, VIAJE EN CHIVA

Así indicaba el letrero de la parte delantera de un bus al que me subí sin saber a dónde llegaría. El día anterior, doña Lucero, la mujer que nos hospedaba en Silvia, en el Valle del Cauca al sur de Colombia, nos invitó a que la acompañáramos a Pitayó, un resguardo indígena a pocos kilómetros de allí, donde no hay calles asfaltadas, sus vacas regordetas dan los mejores quesos de la región y las truchas se reproducen como si nada. Lucho decidió quedarse, pero mi curiosidad siempre me lleva a lugares insólitos, y así fue como me embarqué en esta nueva expedición, donde la única turista y “mona”, como le dicen a las personas blancas y rubias, era yo.

Llegamos al parque de Silvia y el agite se palpaba en el aire. Lo que yo no sabía era que había un acto político detrás, que llegaríamos a Pitayó a escuchar varios discursos y que el fin del viaje era recaudar votos para un senador que jamás soltó su celular de la mano, cuando los demás lo ensalzaban y se dirigían a él como a un Dios, y su perorata tenía tantas fallas y baches como el camino de tierra que transitamos hasta llegar al poblado. De todas formas, ya estaba en la “rumba”, como dicen por aquí, y no había vuelta atrás. Todos iban de paseo ese sábado por la mañana y el clima era de fiesta. Ni los Guambianos se perdían el paseo, aquella etnia de trajes estrambóticos, donde mujeres y hombres usan faldas, ruanas, ponchos y capas, sombreros bombín y de paja con forma de pandereta, bolsos de lana de oveja y borceguís con cordones flúor.

 

Guambianos esperando subir a la Chiva, en el Parque de Silvia. De pies a cabeza, su vestimenta es tan peculiar que es imposible no distinguirlos a lo lejos.

 

10 Chivas extravagantes pitaban con fuerzas sus bocinas dando a entender que estaban listas para partir. Se iban llenando de adelante hacia atrás, pero aún con autobuses repletos nadie quedaba afuera, el techo se transformaba en un nuevo asiento y tocaba compartir lugar con alguna gallina.

 

La mujer adulta con su sombrero bombín, pues por algunos años se dejó de fabricar el típico sombrero de paja que lleva la niña, y ya no se ven bien con él; me cuenta la señora cuando le pregunto curiosamente porqué usan sombreros diferentes. 

 

En el bus escalera, como también se lo llama, todos se conocen, se conversan, se dan las últimas noticias, y los chismes del vecindario empiezan a correr precipitadamente, sin faltar los negocios y los trueques. Todo pasa en este carro pesado y gigante, con 7 hileras de asientos completos al estilo sofá, que viaja por carreteras sin pavimentar, transportando campesinos y productos que van desde cerdos, patos y gallinas hasta heladeras, camas y colchones, conectando las zonas rurales, las zonas olvidadas y las zonas más alejadas del país. Pero esta vez íbamos todos por una campaña política, así que se dejaron a un lado los enormes cachos de banano para subir “chirimoyas”, tambores, flautas y cornetas que alegrarían la jornada y el autobús durante el viaje.

 

Preparando todo para partir sin olvidar los sacos de papas que más tarde alimentarían una centena de personas.

 

Y el rugido del motor de camión, tras 2 horas de espera bulliciosa, por fin arrancó y el pesado autobús lleno de colores y figuras geométricas, tan alto que para subir necesitas tener la habilidad y la zancada de un león, comenzó a avanzar. El silencioso y verde paisaje del Valle Caucano, era interrumpido con música a todo volumen, colores incandescentes y una manda de gente alegre que danzaba y cantaba letras de canciones dramáticas de amor. Una ausencia total de ventanas y puertas permitía contemplar el paisaje en toda su magnitud, pero la tierra que entraba sin impedimentos era descomunal. El camino de tierra, barro y baches era zigzagueado por esta chiva que nada la detenía. No se quedó encajada, subió colinas acentuadas, pasó puentes estrechos sin esfuerzo y parecía conocer ese camino lleno de casitas distantes y solitarias de gente labrando la tierra con sus manos. 

Al llegar, nos recibieron con un tintico (mis queridos lectores argentinos, no es un vino tinto, es un café); un café negro, sin leche, sin crema, endulzado con aguapanela (un endulzante más natural que el azúcar, sin refinar ni blanquear); y un pedazo de pan con queso. Aquí se toma café, tanto como el mate en nuestro país, y de la misma forma que en un hogar argentino ponen la pava y te reciben con un mate, aquí te dan la bienvenida con un “Tinto”. Luego nos acomodamos a escuchar himnos solemnes y eternos discursos en español y en una indescifrable lengua indígena, hasta que recibí la invitación de caminar un poco por el pueblo. Así nos topamos con la casa de plantas medicinales y con las doctoras de plantas, como la nombró una mujer que salía con sus bidones de plástico de “antibióticos” para la diabetes. Envases pequeños, medianos y grandes, de plástico y de vidrio marrón, con mezclas de 1, 5 o 12 tipos de plantas, cremas para todo tipo de uso, champú y enjugue verde y las “doctoras e ingenieras de plantas” con sus delantales, guantes y barbijo, convivían en un lugar donde lo natural y la fe tienen efectos curativos. Para mi sorpresa en el viaje de regreso la gran mayoría tenía su bidón de plástico con rótulo que indicaban “presión alta”, “tiroides”, “estómago”, etc. Yo también tenía el mío: una crema de pepino en un frasco de orina.

 

Sus polleras son negras y sus 2 pañolones fucsia o rojo y azul eléctrico, uno encima del otro, unidos por un gran alfiler de gancho en el cuello. Se adornan con collares de cuentas blancas. Vistosas y Elegantes!!

 

El acto estaba terminando, el almuerzo era anunciado y antes que termine su discurso el futuro (¿?) senador la fila daba la vuelta a la manzana. Un mazacote de arroz, acompañado de una rodaja translúcida de papa, carne y aguapanela con limón se le era entregado a cada persona que con paciencia sabía esperar, aunque no faltaba el que hacía trampa y se filtraba en la cola.

Pensé que el paseo estaba terminando pero cuando regreso a la chiva, ésta comienza a tomar vida propia nuevamente. Si había algún intruso se les chiflaba, si no pertenecían a nuestra tribu se los corría y se les reservaba el lugar fielmente a los otros compañeros de chiva como una gran familia. Debías volver en el mismo autobús que llegaste. Si estabas perdido o no habías mirado bien la patente o algún signo que identifique tu transporte, problema tuyo.

Comenzaron a circular mecatos, comidas que se comen entre comidas o en viajes por carretera, algo así como chupetines, chicitos, papitas y toda clase de alimento chatarra, pues muchos no habían tenido paciencia de hacer la eterna fila del almuerzo y a otros se les aparecían pelos en el plato y con arcadas dejaban de comer. Todo se compartía. Se pasaban de mano en mano bocados típicos: besitos de queso, pan de bolo, almojábana (éstos tres últimos con sabor a queso), dulce de guayaba y hasta aguardiente caucano de anís para los más grandes.

 

Guambiana esperando salir en la Chiva!! El bus escalera había comenzado a cargar nuevamente todos los bártulos…

 

Muy poco entendía de todo lo que se decía y hablaba arriba de la chiva; entre frases que parecían alegres yo sonreía, si me invitaban algo aceptaba y si se reían escandalosamente los imitaba. En ese momento me hubiera gustado haber visto de niña alguna novela colombiana para no estar tan perdida entre tantos refranes y palabras desconocidas para mí. Si bien yo sabía que “dar papaya” era dar motivo para burlarse, “camellar” era trabajar y algo bien “bacano o chévere” era alguna cosa divertida y genial, en la conversación acelerada y cerrada donde nadie ponía freno de mano y las palabras se atropellaban unas contra otras, de verdad me sorprendía lo poco que estaba entendiendo. Fue así como en el viaje de vuelta me encontré en un diálogo con los hombres y mujeres del asiento de atrás, sin comprender qué me ofrecían.

– ¿Quieres una guarito? Cuidao´ que va a quedar eguayabada después de unos guaros.

Al tragarme de una vez ese líquido transparente que más bien parecía agua, pero sabía a fuego, comprendí que el guaro es una bebida alcohólica, estar eguayabada es tener resaca después de una borrachera y me cuentan que el aguardiente es la bebida alcohólica nacional por excelencia. Comencé a sudar completa, mi cara pálida cambió a un color rojizo y mis muecas saltaban de la risa al llanto. Pero pasado el mal trago y el frío, la ronda continuaba y el viaje se hacía más festivo entre tambores y letras improvisadas alternadas con canciones de amoríos imposibles o acabadas y despechos remediados con aguardiente, sonando en el estéreo de la chiva, cuando éste no se recalentaba y se apagaba de repente y otra vez comenzaban a sonar los tambores o chirimoyas como ellos lo llaman.

La gran familia de la chiva se disolvió al llegar, cada uno partió a su casa, y a lo lejos escucho “Esto fue una berraquera parce!”, manifestando el viaje increíble que había sido. Nos despedimos, y yo me quedo pensando en lo poco que entiendo el Español del país más al norte de Suramérica.

 

De regreso!! Ésta era mi Chiva, ésta fue mi experiencia…

2 Replies to “VIAJE CON ELEGANCIA, VIAJE EN CHIVA”

  1. EMOCIONAQNTE EL VIAJE, me gustaria poderlo compartir

    1. Viajá y Reíte says: Responder

      Lo compartiremos muy pronto!! Te quiero Nono!!

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