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COSTA PACÍFICA DE MÉXICO: LA RUTA DE LOS 4 ELEMENTOS

Recorrer la costa pacífica mexicana, por los estados de Jalisco y Nayarit, desde Manzanillo hasta San Pancho fue un recorrido por los 4 elementos de la naturaleza. ¿Sabés a que me refiero? Al fuego, al aire, a la tierra y al agua.

En la nota te contamos de qué se trata esta asociación, y qué lugares recorrimos de este lado de México…

AGUA

No llegamos ni en inverno ni primavera, donde se pueden observar ballenas, delfines y tortugas en la costa pacífica. Aún así, tuvimos la suerte de ver delfines en Manzanillo y ballenas en la Cruz de Huanacaxtle, además de mantarayas y cardúmenes en las crestas de las olas en Sayulita. Algo así como un acuario en las aguas del océano oeste del país del taco y del tequila.

La verdad es que surfear es la actividad principal de los visitantes de estos mares embravecidos. Las olas castigan, revuelcan y te llenan de arena, pero en nuestro caso disfrutábamos cada tardecita del espectáculo de quienes saben hacerlo.

De Manzanillo, una ciudad con Sturbucks, Wallmarts y hoteles de lujo, seguimos a Boca de Iguana, Tenacatita, y disfrutamos la llamada “Costa Alegre”. Así llegamos a Arroyo Seco, El Tecuán y Punta Pérula. Como preferimos el agua tranquila y sin olas, antes de alcanzar Puerto Vallarta entramos un pueblito llamado Las Adjuntas de Tomatlán. Queda al lado de un río de agua dulce, y pudimos bañarnos, lavar, cocinar y disfrutar unos días de calma y sin señal.

Playa Tenacatita. En casi toda la costa pacífica podés dormir al lado del mar. Playas extensas, seguras y gratis (la mayoría).

FUEGO

En las playas nombradas anteriormente, cada tardecita se encendía la fogata, se armaba el almuerzo-cena, se meditaba y se escuchaba música, mientras observábamos lindos atardeceres. A veces con lunas completamente blancas de películas. Aunque el puesto número uno se lo llevó San Pancho, quien nos ofrecía las mejores puestas de sol, al tiempo que todos aplaudíamos. Además de ofrecernos actividades culturales de las más variadas y durante el fin de semana revisábamos la cartelera de la bodega del teatro para ver qué hacer: varieté, artes escénicas, música en vivo y películas, generalmente todas actividades a colaboración.

Atardeceres de la costa pacífica de México.

En la Avenida tercer mundo, la principal de San Pancho que desemboca en el mar, ocurre todo. Y nos sentábamos en las noches en el cordón de la vereda a disfrutar de los shows en vivo de los exclusivos restaurantes. Por la calle se escucha hablar inglés y español con acento argentino, ya que muchos de nuestros compatriotas y personas del primer mundo, eligieron este pueblito para vivir.

Con este elemento, el fuego, también tuvimos contacto en Puerto Vallarta, realizando un Temazcal. Y todo, gracias a Mónica, una chica que trabajaba en una estación de servicio, nos cargó gasolina y le tomó una foto a la Kombi. Al instante nos escribe por Facebook y nos invita a una tradicional ceremonia de México. Nos metimos arrodillados dentro de una estructura redonda de bambú, algo así como un horno a leña, al que ingresaban piedras calientes, y junto al vapor del agua echada a las rocas y las plantas medicinales, sudábamos, sanábamos y cantábamos rezos con tambores chamánicos y maracas (cuento toda una experiencia en nuestro ¡Libro!).

TIERRA

Estuvimos en contacto con este elemento en la Playa del barro, haciendo una extensa caminata a través de la selva antes de llegar. Primero fuimos a Punta de Monterrey, entramos a la playa por un resort, caminamos y conectamos los pies con la madre tierra. Luego retomamos camino, preguntando a la gente local para llegar a la del barro, ya que no encontramos ningún cartel. Al llegar, tampoco encontramos el barro para exfoliarnos el cuerpo, y nos dijeron que a veces se seca y hay que mojarlo para poder colocarlo. Pero me desnudé y fui corriendo al mar a sentir toda la arena por mi cuerpo ante la primera revolcada de la ola. Las playas son tan solitarias que puedes animarte a quedar totalmente desnudo.

Desnuda en la playa del barro. No hay una sensación de mayor libertad que ésta. Les juro.

También en Litibú Beach, pisamos fuerte la arena caminando sus extensas playas vírgenes, metiéndonos en cuevas y cavernas, y disfrutando del color azul del mar pacífico. Nada que envidiarle a la costa caribeña mexicana; es más, pudimos disfrutar mejor de esta parte del país, que está menos privatizada y más pública, salvo en Punta Mita, que los precios nos parecieron una burla, y sentarnos a tomar un café, resultó difícil. Claro, para nuestro presupuesto viajero.

AIRE

En todas estas playas nos sentimos libres como el viento y nos movíamos de un lado para el otro con una libertad digna de la vida vanlife: si nos gustaba nos quedábamos, sino nos íbamos. Comíamos cuando teníamos hambre, leíamos, dibujábamos, practicábamos yoga, escribíamos y hacíamos todo lo que más nos gusta hacer.

En algunos pueblos costeros sentimos más aire que en otros, por no estar tan congestionados, como En lo de Marcos, a tan solo 8 kilómetros de San Pancho, un pueblo elegido por muchos jubilados extranjeros para vivir. Su pueblo vecino, San Pancho, es conocido por un aire jovial, cuerpos atléticos y pelos desteñidos, y Sayulita, por la fiesta y un aura bastante más viciado. Todos son pueblos separados por pocos kilómetros que vale la pena conocer.

En un momento necesitábamos renovarnos; y bajarnos de la Kombi nos daría un alivio. Bañarnos sin usar bikini y con abundante agua para quitar la sal del mar, la arena y los restos de jabón, refregarse bien los talones y las uñas, lavar ropa, dormir frescos y usar una cama amplia.

Por esas simples razones, les escribimos a 2 hoteles. Les ofrecimos un intercambio de Marketing, dibujos o lo que necesiten, por noches, y para nuestra alegría nos confirmaron los dos. En uno, Lucho hizo unas ilustraciones digitales, y en el otro creamos contenido que subíamos en historias de nuestro Instagram.

Intercambios…

Llegamos al Maraica Hotel y lo primero que hicimos fue bañarnos y secarnos con amplios toallones blancos, rascándonos la espalda y los pies, y hasta ¡pude envolverme el pelo!, algo imposible de hacer con la única toalla de secado rápido que compartimos.

Jamás pagamos por un hotel, y de la única forma que llegamos a ellos es a través de intercambios donde todos nos beneficiamos. Foto: Hotel Maraica.

El segundo hotel donde respiramos frescura fue el Pal.Mar, donde aprovechamos sus habitaciones totalmente equipadas para cocinar elaboradas comidas que disfrutábamos en el balcón.

Durante 3 noches todos descansamos como reyes antes de continuar la travesía.

Y al revés del común denominador que va de vacaciones y consiguen un hotel solo para dormir, nosotros no salimos nunca. Bah, solo a comprar provisiones. Y disfrutábamos la comodidad de usar el baño y la cama a toda hora, y estar frescos con un ventilador que daba vueltas día y noche.

¿Cómo vamos a querer salir de este paraíso? Por unos días teníamos satisfechas fácilmente las necesidades básicas.

Resumen: conocer la costa pacífica mexicana con un vehículo fue sentir libertad, y pudimos disfrutar como más nos gusta: acampando y cocinando a leña en cada lugar.                                  

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